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De turista por León 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

De turista por León

Por Brenda Galván | Ilustración: Xavier Moreno   17/12/18

Hace pocos años vine a vivir a donde los sujetos tienen la panza verde, a donde hay muchas fábricas y gente moviéndose desde tempranas horas, a donde se comen las guacamayas y los caldos de oso sin remordimiento por el ecosistema, al lugar se le conoce como urbe industrializada o la capital mundial del cuero y el calzado; vine a vivir a la ciudad donde dice José Alfredo: “La vida no vale nada”.

 

Y no es que haya venido de muy lejos, sin embargo cuando llegué a León, me quejaba todo el tiempo con mis amigos leoneses, acostumbrada a una dinámica pacífica, pueblerina e invadida por la gran cantidad de turistas que desfilan durante todo el año en la ciudad de Guanajuato.

Cuando llegué a León, viví en la calle Hernández Álvarez, muy cerca del Arco de la Calzada, a unos pasos del ‘Cine Porno’, así que se imaginarán cómo eran mis días. Para mi fortuna la calle Madero aún no estaba intestada de barecitos, así que las personalidades que desfilaban en ella eran sorprendentes, pues al caer la noche comenzaba la pasarela de entaconadas; en las madrugadas de insomnio escuchaba en la lejanía los silbidos del tren y los ruidos del Templo Expiatorio.

Fue en el Arco de la Calzada, de una ciudad donde aparentemente no había nada qué hacer y nada qué ver, que a lado de mi mejor amiga conocí la clandestinidad, con una ‘chela’ en la mochila. Fue en el Jardín de los Niños Héroes que muchas veces sacié mi panza de ‘estudihambre’ con la comida callejera, fue ahí también donde vi a la novia de mi mejor amigo con otro chico. Y me di cuenta que la gente de León me importaba, la quería y me había enseñado tanto.

Me enseñaron sobre las ‘picas’ y su tradición familiar; comprendí que León es más que sólo industria, más que fútbol y más que gente corriendo en la gran ciudad. Me mostraron y acompañaron del punto A al punto B, en sus famosas ‘orugas’, auxiliares y alimentadoras.

Así fue como poco a poco conocí calles misteriosas, lugares precisos y tiempos perfectos que provocaban que esta fea ciudad me diera espacios mágicos, inolvidables e inconfundibles.

Y es que ahora sé que León tiene tanto que ofrecernos, sólo debemos mirar con detenimiento, ser pacientes y escapar de la rutina, pues no quisiera hablarles de los clásicos atractivos que nos ofrece (la Feria, El Festival Internacional del Globo, sus museos o eventos culturales) que aunque son buenos, una ciudad se conoce mejor cuando se han memorizado hasta sus más ínfimos detalles, como las placas ovaladas de talavera que tienen las calles con sus antiguos nombres, mismos que hacían alusión a sucesos acontecidos en ellas; un ejemplo, la calle Madero en algún momento fue conocida como la Calle del Sol, pues desde ella podía verse el Sol naciente al amanecer

Vayamos a la Plaza Principal, parémonos frente a Presidencia y miremos al edificio del Casino, que tiene unos vitrales con figuras geométricas y colores que atrapan. Sigamos caminando rumbo a Catedral y veremos la magia del art deco. Ahora, entremos, tratemos de contar los detalles de esa imponente fachada. Si seguimos a la derecha por esa calle, en la esquina encontraremos el edificio de correos que en el trajín humano es complicado apreciar, pero vuelve a las 9:30 o 10:00 pm y mira a lo lejos cómo las luces de la Pedro Moreno se difuminan, ocultando un pórtico al final, el Teatro Manuel Doblado.

Y podría seguir, contándoles cada detalle de las fachadas que he visto al intentar mirar el cielo por las tardes cuando el Sol cala y medias la mirada, o decirte las rutas que he diseñado con fines pedagógicos o turísticos pero mejor comienzo a notar la magia que encierra la ciudad.

Ahora viajemos en ‘oruga’, justo a la altura de Malecón del Río, a las 7:30 del horario de verano o a las 5:45 del de invierno, y mira hacia el Templo Expiatorio, ¿lo ves?, el cielo es rojo, amarillo, gris, lila y azul… cuántas veces hemos visto atardeceres con el clásico cliché del mar frente a nosotros, pues les aseguro que este atardecer urbano les va a encantar, y lo pueden ver desde el camión a casa, desde el puente Barón, que está cruzando el bulevar López Mateos, o tendidos en el Expiatorio, en la Calzada, en el ‘Puente del Amor’ o desde el Jardín de las Jacarandas.

Por último quiero que me acompañen a mi lugar favorito: la calle Miguel Alemán. Frente al Mercado de la Soledad y el Descargue Estrella se encuentra un puente peatonal, subamos, podemos ver edificios viejos, gente con sus compras del mercado, autos, más gente; pero pensemos qué sería de esa calle tan antigua, sin su gente... no sería nada. Y no podríamos encontrar la deliciosa garnacha que en él se vende, la barbacoa, cueritos, las frutas y sus colores, los huaraches de piel que venden al interior del mercado, en el piso dos.

Todos estos elementos, calles, transportes, espacios, rincones, que palmo a palmo nos dan identidad nos hacen amarnos, amar lo que hacemos y lo que somos. Así es como hoy me reconozco leonesa, admiro su historia, disfruto sus espacios y de sus tradiciones. Y los invito a que hagan lo mismo.

 

Brenda Galván: egresada en Sociología por la UG, museógrafa no, gestora cultural sí.  Actualmente se encuentra amando lo que hace.

Texto publicado originalmente en Revista Cultural Alternativas 101. De turista por León. 


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