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Comala real, Comala literario

León, Guanajuato

Literatura

Comala real, Comala literario

Por Karen Elizabeth Robles Gamiño    19/06/17

En las historias de Rulfo existe una línea muy delgada que separa la fantasía de la realidad. Quienes conocen el Comala real ubicada en el estado mexicano de Colima, sabrán las similitudes y diferencias con el Comala nacido de la imaginación de Rulfo, y qué mejor que una colimota para narrar con lujo de detalle ese pueblo donde rondan los espantos, pero enmudecen durante el día con la algarabía de su gente. 

 

De Pedro Páramo conocimos un Comala sórdido y amargado, posado sobre las brasas de la tierra y habitado por espantos que andan sobre el empedrado, dejando al aire murmullos y voces gastadas. Rulfo nos adentró en un pueblo que bien puede verse en todos los pueblos de México, pero que resulta ser tan asfixiante que no se antoja ser alguno. El Comala de Rulfo, que originalmente llevaría por nombre Tuxcacuesco, no tiene lugar geográfico, es un cúmulo imaginario de paisajes del occidente mexicano. Pero dentro de esa geografía, sí existe una localidad con ese nombre, inmortalizado desde la publicación de la novela.

De clima templado y casas blancas, a 10 minutos de la capital del estado de Colima, se encuentra Comala, donde rondan los espantos, pero enmudecen durante el día con la algarabía de su gente; en sus calles empedradas hay flores y personas andando en ellas. Como delicias típicas, los comaltecos tienen el ponche, pan y café; festejados en su concurrida feria anual celebrada durante marzo y abril, aunque también son de fácil encuentro todo el año en frescos lugarcitos donde se escucha desde mariachi y uno que otro trío en sus botaneros, hasta el más suave bossa nova de fondo en algún café.

En este Comala también deambulan los murmullos, venidos de una tradición colimota de no olvidar a sus muertos. Puede que aquella enfermera que juran ver algunos conductores en carretera a eso de las 2 de la mañana, siga de cerca nuestros pasos tras el olor de un ponche de granada extrañado. O tal vez quede el eco de la anciana que en el 2003 murió aplastada por la furia del temblor. 

Rulfo, de quien se sabe era ahijado y familiar de un sacerdote que duró cerca de 20 años en la parroquia local de San Miguel Arcángel, testigo arquitectónico de Comala; visitó el pueblo en un par de ocasiones. Siendo amigo de Alejandro Rangel Hidalgo, uno de los pintores más queridos de Colima, Rulfo visitó la hacienda de Nogueras, casa en ese entonces del pintor colimense, reconocido por su diseño en muebles y herrería, además de su vasta obra pictórica de estilo único.

Fotografiado en 1961 en una de las bancas del jardín principal de Comala, el escritor jalisciense ha provocado el encuentro de dos mundos tan paralelos como distantes: el literario tiene el terreno maldito, con solo naranjos agrios y arrayanes; el real es exuberante en su flora y muy querido en su producción cafetalera. Pedro Páramo dejó un pueblo sombrío consumiendo a sus fantasmas en un calor infernal, mientras que los comaltecos de hoy disfrutan el frescor sacando sillas afuera de casa para platicar o tan solo ver pasar a la gente que ronda el pueblo blanco, así como lo recuerda Dolores Preciado.

Comala, “lugar donde se hacen comales”, está alegremente vivo en placeres para el paladar. Bajo la sombra de los portales se pueden probar los típicos sopitos, que son tortillas pequeñas con carne molida, verdura y caldillo para condimentar o sucumbir ante los vivos colores del ponche en las rocas, los hay de granada, zarzamora, nuez, café o pistache, entre otros más. Caminando por sus calles es fácil encontrarse con algún tubero para beber una fresca tuba natural o compuesta, un manjar extraído de la palma de coco.

Así, la verdadera herencia de Pedro Páramo para este pequeño pueblo de Colima es el renombre mundial de la coincidencia y la escultura de Rulfo leyéndole su historia a un pequeño comalteco en el jardín, como esperando que los susurros venidos de quién sabe dónde, encuentren la paz en un aire tibiecito en la oreja.

 

 


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