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Mi vida en rosa: cine queer para todos

León, Guanajuato

Cine y Escénicas

Mi vida en rosa: cine queer para todos

Por Alberto Muñoz   24/03/17

La pantalla es una ventana a un mundo más allá de nuestra particular percepción. Esa historia puede ser tan lejana como cercana, y de todas podemos despachar una dosis de identificación, rechazo o contemplación estética. Así la experiencia en el cine queer, una oportunidad de conocer todo tipo de identidades, que, sin colgar etiquetas, nutren la diversidad de nuestro mundo.

 

Tenía quince años cuando un zapping nocturno no muy expertamente conducido por mi mamá terminó en una transmisión de ‘Queer as Folk’ por televisión: Ambos quedamos horrorizados: ella por la escena casi pornográfica que estaba en la pantalla y yo por el momento que estaba viviendo. Un año más tarde, un amigo me confesó su bisexualidad, al mismo tiempo que me recomendó ver la película ‘Get Real’. Me dijo que le había ayudado a salir del clóset.

Mi propia identidad y aspecto no se veía reflejada en las historias que había visto. Con cuerpos ejercitados y rostros dignos de modelos, en mi cabeza era obvio que esos personajes se atraerían. Pero, ¿y yo? nunca iba a ser la Drew Barrymore de ‘Never Been Kissed’ o la Rachael Leigh Cook de ‘She’s All That’, en versión hombre gay. ¿El homosexual rechazado de la escuela enamorando al deportista más guapo y popular? Se asemejaba a alguna fantasía sacada de mi diario, mas no a mi vida. Sentí vergüenza de no encajar en esas representaciones e incluso llegué a creerme indigno de mi preferencia sexual, porque parecía ser algo que pertenecía a gente hermosa.

Parecía haber sido el final del cine queer para mí, ya que creía que sólo causaba más insatisfacciones en mi vida de adolescente hormonal plagada de frustraciones. Aun así, eso no frenó mi inclinación por ver cine.

En algunas historias aparecían los aspectos homosexuales sin yo saberlo de antemano. Estuve acompañado de mis padres durante ‘Laurel Canyon’ y ‘Being John Malkovich’. Nadie hizo comentario alguno. En otros casos sabía a lo que iba. Acepté una invitación a ver ‘La mala educación’, “porque es Almodóvar y es cine de arte”. Vi ‘Brokeback Mountain’, después de mi primer rechazo sentimental, mientras estaba cinco filas adelante aquél a quien le confesé mi amor, que no fue correspondido; lo acompañaba su nuevo novio.

Fui cautelosamente acercándome de nuevo al cine “de temática”, como lo codificábamos en ese entonces. Caminatas entre los estantes de Blockbuster me permitieron ver a solas ‘Happy Together’ y ‘My Own Private Idaho’, con miedo de ser sorprendido. Me escudé con un discurso de elogios de la crítica para rentar ‘Before Night Falls’ y ‘Boys Don’t Cry’ sin levantar sospechas. El Internet me llevó a los cortos de ‘Beautiful Thing’ y ‘Edge of Seventeen’. Conocía de nombre los trabajos de Derek Jarman y leía reseñas sobre obras de Todd Haynes. Experimenté a Gregg Araki y a John Waters. Durante esa misma época, tuve mis primeras (y no muy agraciadas) experiencias sexuales, me puse un vestido y maquillaje por primera vez, y salí del clóset con mi familia. No todo al mismo tiempo, claro. Tal vez mi amigo había tenido algo de razón al acreditar a una película.

Seguía sin verme completamente en la pantalla. ¿Qué tanto podría tener en común con un hombre transgénero o con una drag queen obesa que gritaba obscenidades? Sin embargo, comenzaba a identificarme, aunque fuese en aspectos diminutos. Ahí fue cuando me di cuenta: había sentido que no había visto reflejada mi experiencia porque la estaba construyendo todavía. Lo hago, hasta la fecha. Probablemente, ninguna representación en el cine queer (o en el cine no queer) dará exactamente en el clavo -a menos que la haga uno mismo, como Xavier Dolan, Ira Sachs o Chris Kelly. No obstante, tal vez necesitamos de esas representaciones, aunque sean a medias, para darle sentido a nuestras experiencias. Y todos las tenemos, muy variadas, sea cual sea nuestra historia de vida.

No hay que ser lesbiana o gay o bisexual o transgénero (o cualquier otra definición) para exponerse al cine de diversidad. Uno puede experimentar desilusión, alegría o hasta incluso aburrimiento, como con cualquier otra películas. A pesar de ello, su condición de queer no es arbitraria, como ningún otro aspecto de su realización lo es. El que cualquier espectador pueda disfrutarla no la despoja de ello. ‘La vie d’Adèle’ y ‘Tangerine’ no dejan de ser historias sobre personajes específicos (chicas lesbianas y mujeres transgénero), aunque yo pueda conmoverme o identificarme al verlas.

El cine es una invitación a transportarnos, a vivir historias que probablemente nunca haríamos nosotros mismos. Si tenemos la menta abierta, podemos aprender un poco sobre lo que sienten y padecen quienes nos rodean. Y, si somos afortunados, nos puede ayudar a examinar nuestra propia existencia y descubrir algo que no sabíamos que estaba ahí.

 

 


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