Las mulas blancas 

León, Guanajuato

Literatura

Las mulas blancas

Por Julieta Navarrete Cervantes    05/02/21

Cuando Manuela abrió los ojos, tres de sus bestias yacían muertas en el corral, pero ella aún no lo sabía. La despertó el olor, ese aroma a almizcle y miel que la desgracia va dejando a su paso cuando atraviesa el camino de las cosas vivas. Aquel picor espeso y dulzón le hizo agua la boca y levantó su cuerpo desde el fondo hasta la piel. Lo sintió como un miedo líquido que recorría su cuerpo de sábanas mojadas mientras le punzaba en todas partes. Distinguió al instante lo que nacía dentro de ella: Un hambre voraz y majadera, de esas que no se llenan de una sola sentada, sino que piden ser saciadas de forma lenta y serena, a pesar del ansia apremiante.

Poco sabía ella que ese anhelo no era otra cosa que un anuncio funesto. Tampoco lo habría notado, aunque supiera, pues en toda su existencia el concepto de fin no se le había presentado nunca. Allá de donde ella era, las cosas estaban hechas pa' durar: El mismo calor, el mismo cielo polvoso, la misma gente, la misma apariencia llana y solitaria de un cuerpo que no envejecía. Así había sido desde el día en que su abuela la parió y lo seguiría siendo hasta el día en que ella pariera a sus nietos, saltándose una generación pue'que por flojera, pue'que para burlarse de los que caminaban por su rancho sin pedirle permiso.

Tal era su ignorancia que cuando pisó el reguero viscoso que había sobre la arena no descifró qué era ni lo supo mientras seguía su huella húmeda y oscura a través del desierto: Una línea que permanecía intacta, sin ser perturbada por el andar arrastrado de ninguna alimaña. Al principio creyó que era la marca de algún animal —como la baba que va dejando una vaca que camina con medio becerro de fuera antes de parirlo— pero cuando llegó al final de la línea no se encontró con un becerro, sino con un hombre.

Un macho que no sabía si había sido parido bien o mal pero que se encontraba en el centro de uno de los corrales rodeado por el cadáver de tres de sus animales y dos mulas que no eran suyas. Estaba atado de pies a las patas traseras de las hembras con un mecate gastado que había sido anudado alrededor de sus tobillos. Los brazos estaban churidos, extendidos a los lados de su cuerpo, supurando ese líquido espeso que había dejado rastro a lo largo de toda su propiedad.

Ahora que lo tenía de frente, reconoció el olor intenso que había erizado su cuerpo y le había recordado su adolescencia inquieta. Saboreó la angustia de la necesidad en su pecho lleno y su garganta seca, mientras espiaba al intruso sin ningún pudor. Lucía como un ente sin edad, un semental gastado pero aguantador con más cuero que carne y más mugre que ropa. Si ignoraba el charco debajo de él y hacía los ojos chinitos, bien podría imaginar que no era más que un jornalero que había dejado ganar al soponcio quedándose dormido a media tarde.

Arremangándose el camisón raído, se arrodilló delante de él con la intención de tocarlo. Cuando su mano rozó la cara rasposa, una de las mulas soltó un gemido endemoniado que la asustó. No le gustaban esos ojos vacíos ni la idea de que estuvieran juzgándola, mientras dirigían hacia ella ese blanco transparentoso sin alma; así que fue corriendo hacia la casa, buscando un cuchillo para romper el mecate y soltarlas.

Se acercó a los pies del hombre y reventó el nudo, pero las mulas no se movieron. Permanecieron quietas ahí paradas mientras la observaron subirse el camisón y montarse encima del difunto, usando su cuerpo como columpio. Siguieron mirándola cuando se balanceó sobre él suavemente, apoyada sobre la palma de sus manos y la planta de los pies, moviéndose lento pero firme mientras su respiración subía y bajaba, calmando el vacío salvaje que despertó en ella el olor de aquella presencia inerte.

No dejaron de verla ni cuando ella comenzó a olvidar que estaban allí ni cuando el sol comenzó a calentarle la espalda y creyó sentir que el hombre debajo de ella despertaba cálido y ganoso para recibirla. Se mantuvieron fieles a su papel de estatuas condenadoras, hasta que el día cayó de nuevo y ambos cuerpos estaban igual de fríos.

Cuando Manuela cerró los ojos después de recibir la semilla de la muerte en su vientre, sólo entonces se marcharon. 

 

Julieta Navarrete Cervantes (1992) nació en Baja California Sur pero vive en Guanajuato desde hace 21 años. Es participante del seminario de cuento del Fondo para las Letras Guanajuatenses Edición 2020. Escribe textos de manera independiente en sus blogs "El aroma de la lluvia" y "1000 palabras". Fue segundo lugar en el concurso de cuento corto realizado por la Casa de la Cultura Efrén Hernández.


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