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El retratista de lo monstruoso 

León, Guanajuato

Arte y Tendencias

El retratista de lo monstruoso

Por Ruy Muñoz   28/02/19

«The night is dark and full of terrors».
George R. R. Martin, Canción de hielo y fuego.

 

En la penumbra se escucha la respiración agitada. No puedes verlo, pero sabes que está ahí, en la habitación, masticando apresurado como si el tiempo, o algo más, lo persiguiera. La luz tenue no te permite ver con claridad, desconoces la frágil silueta y el brillante rojo de la sangre se ve opacado por la mirada desorbitada de quien devora a un hijo.

 

Tenía 77 años cuando el regreso triunfal de Fernando VII al trono lo desestabilizó, lo hizo sentirse en peligro y decidió abandonar el hogar de sus amores para establecerse en Burdeos; la propiedad y las obras que ahí albergaba pasaron a manos de su nieto, Mariano. Era el fin de la era de Francisco de Goya en la Quinta del Sordo.  

Fue en 1819 cuando llegó a esta finca situada a las afueras de Madrid. Su esposa había muerto y su hijo estaba casado, por lo que la Quinta se convirtió en su refugio durante el exilio que la sordera ya había comenzado. Ahí vivió su última etapa creativa y realizó la serie de obras conocidas como Pinturas Negras, llamadas así por la presencia dominante de este color y los temas que abordan.

A continuación, una breve reseña de algunas obras que conforman esta colección —aquellas que, desde mi perspectiva, despiertan mayores angustias—.

 

Aquelarre

Cerca del año 1798, Goya comenzó a abordar la brujería en sus obras por encargo de la duquesa de Osuna, pero fue hasta su exilio en La Quinta cuando dejó ver rostros desfigurados y, frente a las brujas, la oscura figura de un macho cabrío sentado de espaldas al pintor-espectador. Al lado de éste aparece la figura de quien espera iniciarse.

Aquí no cabe la fantasía, la escena nos da una sensación sombría: el cielo no es azul, es ocre, y las mujeres (en el primer tratado medieval de la Iglesia Católica se denunciaba a la mujer como la principal practicante de la brujería) se abalanzan unas sobre otras para mirar al siniestro.

 

Duelo con palos

Goya vivió en una época de guerras y esto influyó en su vida y obra. Reconocido por sus ideales liberales, fue visto con recelo por la Corona, a la cual sirvió como retratista.

Enterrados hasta las rodillas, dos personas se atacan en un absurdo combate a palos. Con ambos personajes a contraluz, resalta la sangre que corre por su rostro. El duelo sólo terminará hasta que uno de los dos muera. La guerra, parece decirnos Goya, es un absurdo en el que personas sin motivos certeros se matan entre sí en lugar de ayudarse.

 

Perro semihundido

A primera vista es uno de los cuadros más simples que se hayan visto, pero para entenderlo es necesario situarse en la época del artista. Es la postal de un can mirando al cielo; su cabeza, rodeada por tonos ocre, claros y oscuros, es la única figura reconocible en el cuadro. El perro mira apacible a lo lejos, Goya no nos deja ver qué, pero podemos sentir la tormenta de angustia ocre cayendo sobre él, mientras mira su soledad o sus recuerdos alejándose. El cielo es ese otro personaje que, con espátula en mano, Goya retrató terrible, al tiempo que pintaba la modernidad.

Desafiando a la academia de la época —como en la mayoría de sus Pinturas Negras—, esta obra tiene una composición única que prefigura con un siglo de antelación a las vanguardias y que para nosotros son naturales en la fotografía. La pieza, pintada entre 1819 y 1823, adornaba el segundo piso de La Quinta del Sordo, a la derecha de la entrada al estudio.

 

Saturno

En la mitología greco-romana, Saturno (Cronos), hijo de Urano, es parte de la primera generación de Titanes. Urano es destronado e incluso castrado por Cronos, que ocupa su lugar junto con los demás titanes.

Rea, su esposa, le advierte que él será destronado a su vez por uno de sus hijos. Éste, temeroso, se entrega a la tarea de devorar a todas sus criaturas. Atormentada por estas acciones, Rea esconde a su hijo Zeus, intercambiándolo por una piedra al momento de entregarlo a su destino. Esto significaría el fin de Saturno.

Esta no era la primera vez que se representaba este fragmento de la mitología en la plástica europea, al menos dos siglos antes Pedro Pablo Rubens, pintor del barroco alemán, había ejecutado un cuadro que sirvió de inspiración al español, pero su versión es muy diferente. Mientras Rubens pintó un personaje senil con bastón en mano mordiendo a un infante, Goya fue más allá en busca del horror. En su escena, Saturno —aunque expone cabello y barba blanca— no se ve senil y muerde a un infante mayor que en la versión de Rubens. Saturno está en plena tarea de arrancarle un brazo después de haber masticado la cabeza. En la oscuridad de la obra, sus ojos llaman la atención, pero no expresan el coraje o la fuerza de quien hace lo que tiene que hacer, sino un brillo de miedo y desesperación que no son dignos de un dios, pero son naturales en un hombre.

Es inquietante pensar que Goya eligió estas obras para adornar su casa justo cuando más lejano se encontraba del mundo. Grandes murales donde no dependió del apoyo de ningún mecenas que guiara (mermara) su creatividad. El resultado es fascinante y terrorífico al mismo tiempo.

Estudiadas por mucho tiempo, su significado sigue siendo una incógnita ¿por qué el artista que retrató con gracia y extrema belleza a tantos personajes y escenas de la época, se confinó a comer, convivir y trabajar con estas espeluznantes obras?

Dotadas de composiciones nuevas en la pintura (ni céntricas ni en tercios) y con un extraordinario manejo del color (personajes principales a contraluz, cielos ocre, entre otros), Goya desafió el canon clásico del arte en esta colección, en ella podemos ver la semilla precursora del expresionismo y otras corrientes de la vanguardia moderna.

La sordera, la vejez y sus padecimientos se ven retratados en las Pinturas Negras, a través de personajes desfigurados que desdibujan la frontera entre lo animal y lo humano. Es precisamente ahí donde Goya comienza a encontrar lo verosímil de sus monstruos. Con la extrema delicadeza de quien camina a tientas por la noche sin otra luz que la luna, Goya retrata monstruos tan reales como la soledad y la muerte —que sentía cerca—, y nos muestra su visión única de la psique del hombre, peligrosa y mortal como la guerra misma.

 


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