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El cielo o el infierno de las palabras 

León, Guanajuato

Literatura

El cielo o el infierno de las palabras

Por Miguel de la Cruz | Fotografía Carlos Juica   29/11/18

Entre letras, como entre humanos, hay asociaciones delictuosas. Entre letras, como entre humanos, aplica el refrán: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Las letras, según con quien se junten, cabe la posibilidad de que sean palabras comunes o pasen a la clasificación de MALAS palabras.

Al parecer, ciertos observadores, lingüistas, académicos o críticos, detectaron y evaluaron el alcance maligno de la conjunción de ciertas letras con otras.

También debieron haber quienes dieron más énfasis a la intensidad del alcance que a la calidad de la descripción de ciertas palabras, y en lugar de ubicarlas como MALAS palabras, las situó como palabras FUERTES.

Si la palabra escrita o pronunciada sirve para describir o definir lo que es, la anomalía mayor sería, quizá, que la palabra describiera algo que no es.

Sin embargo, la palabra fuerte cargaría con el agravio de señalar con la fuerza de las consonantes más poderosas lo que es o lo que no es. Si las malas prácticas de determinado conjunto de letras se asume como una realidad innegable, al mismo tiempo se asume innegable la existencia de BUENAS palabras.

Entre el bien y el mal los productos del abecedario.

¿Quién, cuándo, dónde y bajo qué argumento determinó alguna vez que existen las malas palabras? ¿Cuáles son las buenas y  por qué adquieren ese rango?

Quien utiliza malas palabras, se sitúa entre los márgenes del mal hablado. Sin embargo, quien utiliza palabras que no son malas, no se le distingue como el bien hablado.

Existe un criterio moral mundial que dicta reglas no escritas y que determina que está mal usar malas palabras, groserías dirían los antiguos, peladeces, también.

Si la palabra es el gran referente para describir, situar, referir a algo o a alguien, la infidelidad a esa función marca, desacredita, descalifica. Aquí viene una contradicción de enormes proporciones, si un conjunto de letras refiere un calificativo a una acción o persona de manera contundente, con un poder descriptivo loable por su claridad, aun con la etiqueta de mala palabra ¿Debía sostenerse esta consideración? ¿Es decir, aun con el cumplimiento cabal de su función, debía aplicarse el criterio moral sobre la palabra en cuestión?

Parece más bien, que la descripción o referencia directa que hacen ciertas palabras, consideradas malas, fuertes o altisonantes, cargan como pecado su honesta crudeza determinante para decir que algo es como es.

El criterio moral sobre las malas palabras, al menos en los medios de comunicación, se ha aplicado con debilitada rigidez. Es común actualmente leer y escuchar malas palabras sin riesgo de sanciones o, mejor dicho, con disminuido riesgo de las mismas.

Un signo rotundo de estos tiempos en torno al tema de las malas palabras, ocurre en programas de televisión de paga, canales que emiten contenidos en los que nada impide la pronunciación de cualquier término, incluso, un personaje público que se expresa en canales abiertos con un vocabulario profundamente bueno, pudiera mostrar su lado ‘B’. Situación más contundente ocurrió en relación a este tema, en la edición más reciente del Festival Internacional Cervantino, muy lejana de aquella primera edición en 1972.

Simplemente imposible que la directora del naciente festival, la actriz Dolores del Río, hubiera sumado a la programación alguna expresión que de manera clara incluyera, MALAS palabras. La programación de la edición primera incluyó entre otros, al Ballet Clásico Soviético, el Teatro de Checoslovaquia y las Marionetas de Praga.

Llegó entonces la confusión de los objetivos, la concurrencia motivada por el mismo fin, buscar una dosis de alcohol o de arte. Más fácil lo primero que lo que segundo. La libertad para ingerir bebidas embriagantes concentró la atención de muchos y las coloniales calles de Guanajuato se convirtieron en el bar más grande del mundo.

La indignación por el comportamiento que la fiesta cervantina provocaba generó la crítica durante años.  La depravación y el libertinaje, tan lejanos como ajenos al espíritu del Quijote y Cervantes.

Sin embargo, las autoridades retomaron el control y de varios años a la fecha, la prohibición de la permanencia de gente en las calles durante la noche, la ingesta de bebidas en la vía pública y la restricción de horarios en el funcionamiento de antros o bares, ha devuelto la congruencia entre el ambiente y la fiesta del espíritu.

En medio de esta fiesta que cada octubre, desde hace 46 años, ha pasado de la libertad al libertinaje y de nuevo al buen cauce, sucedió la manifestación de un signo que refleja costumbres contemporáneas.

En una de las noches de Cervantino, la gradería de la Alhóndiga de Granaditas se pobló con suficiencia para recibir, sobre todo, público joven.

Alrededor de las 8 de la noche por los altavoces se escuchó el anuncio de la tercera llamada y tras el sonido seco de cuatro golpes de baqueta, comenzaron las canciones de un grupo de rock, nacido en 1995 y marcado por su comportamiento irreverente, cuyo nombre define lo explosivo de su propuesta, Molotov.

En su haber tiene 6 discos, cifra contrastante con el millón de copias que vendió de su primera grabación tres años después de salir al mercado.

Una característica se le ha reconocido a este grupo de 4 músicos, transmitir con sus canciones sátira política y crítica social, Molotov es al rock lo que el cartón político al periodismo, una carga de ingenio, humorismo y criterio ácido, que ameritó una nominación para un Grammy Latino en 1998.

Aquí un detalle que permite el retorno meteórico al tema lingüístico y es que lo que salta a la vista y prende el oído es precisamente su recurrencia sistemática a las MALAS palabras. Sus integrantes se dirigen con la base de la altisonancia el público y en sus canciones explotan el ritmo que por si mismas tienen las palabras FUERTES.

En las canciones de Molotov lo que para muchos asesta un insulto, aquí enfatiza el ritmo y dirige la pronunciación de las MALAS palabras hacia la nada o al imaginario que propone cada tema.

El máximo insulto, fácilmente detectable en la alegoría de MALAS palabras, referente a la humillación de la figura materna, es la culminación de una estrofa, el grupo lo emite con la fuerza instrumental que provoca la reacción a coro de la mayoría de la audiencia.

La utilización del recordatorio familiar reservado para grandes batallas se pronuncia como parte de un canto, expresado en sincronía con los brincos y la agitación de brazos.

El placer de decir lo prohibido sin ira y con euforia en medio de la fuerza vocal desaforada sin el espanto previsible de otros entornos.

Hasta antes de Molotov quizá los lugares propicios para el desahogo lingüístico se reducían a los estadios, plazas de toros y arenas de lucha libre. Los protagonistas del equipo contrincante, el menguado desempeño del torero, la cuestionable decisión del juez y la alegoría de una violencia fingida entre rudos y enmascarados, motivaban los improperios.

Molotov les puso música. El político, el injusto, el tirano, el indeseable son y están en la realidad que en pleno concierto flotan imaginarios y tan presentes como para dirigirles con toda la fuerza de la palabras, las malas palabras.

Se percibe el gusto por la entonación a coro de las letras de Molotov sea el recordatorio familiar o la descalificación por la carencia de intelecto suficiente.

Situación idéntica sucede con otra canción que lanza como máximo logro de su mensaje la enunciación enfática de una palabra de cuatro letras organizadas en dos sílabas con dos vocales y un par de poderosas consonantes, la “p” y la “t” que suele demeritar a una persona del sexo masculino por su preferencia homosexual o bien por actitudes que lo relacionan con acciones cobardes.

Pues bien, resonaron en las entrañas mineras de la ciudad de Guanajuato e hicieron cimbrar paredes y escalinata de la Alhóndiga, los gritos encendidos de los anteriores términos y muchos más, en una celebración eufórica por la posibilidad abierta de decir sin freno y con el acompañamiento del sonido feroz de cuerdas y tambores, toda la maldad acumulada por años entre silabas, vocales y consonantes.

Mucho de juego tiene la propuesta musical de los integrantes de Molotov.

Contra la luz del escenario se dibujaba la silueta obscura de un bebé sobre los hombros de un adulto que con la agitación de manos expresaba su gusto por seguir el ritmo que escoltó durante más de una hora el tránsito sonoro de las palabras que alguna vez en muchas épocas estuvieron prohibidas.

En una noche Cervantina de uno de los estados más conservadores del país la alegoría de un montón de letras que asociadas “delictuosamente” saltaron entre oídos para protagonizar el festín de su mala fama, porque aun diluida la prohibición no es garantía de la transformación del concepto en el que se les tiene.

Ni modo las malas palabras siempre serán malas aunque causen en medio de un concierto de Molotov el grato placer de pronunciarlas.

El mal hablado seguirá siendo, sin perder de vista que la adecuada utilización de las palabras fuertes, suelen atraer una sensación de armonía por sincronizar situaciones anómalas con palabras malas.

El poder de insultar que contienen las malas palabras puede transformarse en un poder descriptivo contundente. No son muchos los que poseen la capacidad de transmutar el poder del insulto por el poder de la descripción, depende del énfasis, la oportunidad y el contexto pero la posibilidad existe de generar reacción por la adecuada descripción alejada del insulto.

Molotov hizo de la majadería un festejo. Pelados les dirían algunos cobijados en las conservadoras formas del pasado, aunque el término estrictamente los definiría como los honestos pronunciadores de palabras que otros, aun con deseos de emitirlas, evitarían. Un pelado es un honesto que no usa cáscara.

En el deseo de todos habrá estado en más de una ocasión, soltar una maldición a cuenta de acomodarle una descripción justa a un injusto, aunque la humillación esté de por medio.

¿Serán de verdad tan malas las malas palabras?

Es preferible situar a esos términos en cuestión como conjuntos abecedáricos bravos y nobles como los toros mismos y tal como ellos, difícilmente domesticables en medio de una lidia, difícil pero no imposible, precisamente en la posibilidad de generar el entendimiento armónico se le reconoce la maestría al matador.

Molotov tiene seguramente a cuatro grandes toreros de palabras bravas que las lanzan al ruedo de los conciertos para ofrecer grandes faenas. Han dado capotazos suficientes a cada término para ponerlos en suerte de variadas canciones de tal forma que al igual que el público taurino corea el Olé, en las tocadas los seguidores del rock corean las palabras mismas. Aquel que canta torea los término bravos, danza con la altisonancia al tiempo que los cuatro músicos llevan cual muleta el bajo, la guitarra o las baquetas y ofrecen así el gusto por correr el riesgo de las cornadas lingüísticas cuando la pronunciación de las palabras bravas pierde fundamento.

No cualquiera se viste de luces al pronunciar las palabras bravas, pericia,  valentía, ingenio e inteligencia están de por medio, Molotov hasta la fecha corta las orejas y el rabo de las irreverentes letras que tienen la osadía de unirse con otras de las que salen cornamentas abecedáricas filosas.

En el coliseo de las palabras no a todos les toca salir a hombros por la puerta grande, la pronunciación es cosas sería, más si lo que se pronuncia es la altisonancia.

Molotov, un suceso que ha convencido más allá de la tolerancia por el uso de la materia prima que sustenta su producto. Una noche cervantina con la bomba lingüística de un rock muy mexicano.


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