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Crónicas de lucha: Nuestros cuerpos, nuestros derechos 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

Crónicas de lucha: Nuestros cuerpos, nuestros derechos

Por Martha Paola Fernández Lozano - Ilustración: Vanessa Borrell   02/10/18

Visibilizar y señalar los actos e ideas que cosifican el cuerpo de la mujer es uno de los primeros pasos en los que debe trabajar la sociedad para lograr la equidad de género en lo individual y lo colectivo.

Desde hace siglos, las mujeres estamos rompiendo las puertas y los muros de la casa para entrar al universo, un universo del que también participamos, al que pertenecemos y al que tenemos derecho pero que está construido y organizado para ellos.  No nos ‘dieron’ permiso, nos infundieron el miedo, trascendieron la violencia a todos los espacios, cosificaron el cuerpo de las mujeres y se enseñaron entre pares a creer que les pertenecemos y que por ende están facultados para hacer valoraciones del mismo, tocarlo, tomarlo o deshacerse de él; frente a eso nosotras seguimos luchando y arrebatando lo que sí es nuestro: la libertad y los derechos.

La normalización de muchas manifestaciones en la vida cotidiana, como lenguajes corporales, formas de expresión y de sociabilidad, que son en realidad agresiones contra las mujeres (como lo es el acoso), han construido una cultura donde la violencia se vuelve una costumbre y la intolerancia hacia ésta se considera una exageración o un síntoma de locura. A su vez, esta cultura que normaliza la violencia contra las mujeres, hace más difícil nombrar dichas manifestaciones de la cotidianeidad como agresiones, delitos y violaciones a los derechos humanos.

Y es que es difícil poder describir, definir y probar en términos objetivos y materiales cómo es que nos damos cuenta cuando la mirada tiene una connotación sexual, cuando al ‘halago’ no corresponde un “gracias”, cuando el ‘chiste’ es agresión, cuando las invitaciones no tenían porqué ser “bien recibidas”, o cuando tan sólo el acercamiento a nuestro cuerpo, sin nuestro consentimiento, nos produce miedo, porque lo advertimos, lo sentimos y lo vivimos, y eso atraviesa la subjetividad y el cuerpo. Este uróboros, entonces, se traduce en un mutismo social y en un terreno árido para el ejercicio de los derechos de las mujeres.

El espacio y la ciudad es un reflejo de los esquemas de desigualdad con los que se configura el mapa de las relaciones sociales que, como bien señala Soto Villagrán, “se ha conceptualizado y construido de acuerdo a los intereses masculinos y las desventajas de la mujer” (2009: 4). Es en la cotidianeidad que las personas construimos dinámicas de convivencia dentro de las cuales establecemos formas específicas de actuar y de interactuar personal y colectivamente, por ende reproducimos y validamos, o no, las formas de relacionarnos.

En lo personal y en lo colectivo se ha propagado la idea de que cuando sufrimos algún acto de violencia somos las mujeres quienes estuvimos en el lugar incorrecto, de formas inconvenientes o en horarios impropios, cuando son los actos de violencia los impropios, inconvenientes e incorrectos. La seguridad y la garantía de que no seremos víctimas de alguna agresión no puede estar supeditada a horarios, lugares, vestimentas, comportamientos, clases sociales o género; una vida libre de violencia no puede ser selectiva o azarosa.

Y es que intentar ocupar nuestro lugar en el mundo siendo mujer tiene una constante: el riesgo de que alguien vulnere nuestra integridad, nuestra autonomía, nuestra salud, nuestra seguridad, nuestra libertad sexual y nuestro derecho a la ciudad, únicamente porque en el imaginario social existe la posibilidad de desposeernos hasta de nosotras mismas, porque están convencidos que les pertenecemos. Entonces no hay medida de seguridad suficiente ni acción preventiva que alcance para suprimir ese riesgo.

El miedo, la probabilidad de que pase, la posibilidad de que nos pongan en duda, el aminorar el problema y la complicidad del silencio, abrevan la fertilidad de la violencia contra las mujeres que nos sigue despojando, no sólo de nuestros derechos, sino también de nuestros espacios.

Hemos aprendido a capitalizar la indignación por aquellas que también están hartas y que están buscando la manera de desatar los nudos que nos mantienen atadas; hemos aprendido a construir espacios heterotópicos que se contraponen a la geografía de las desigualdades instauradas y normalizadas para volvernos a dibujar en el mapa aunque la cotidianeidad nos quiera borrar. Vamos a seguir sitiando todos los espacios hasta que nadie intente quitarnos nuestro cuerpo y nuestro lugar.


Martha Paola Fernández Lozano. Abogada feminista y defensora de derechos humanos, integrante del área jurídica del Centro “Las Libres” A.C.

Texto publicado originalmente en Revista Cultural Alternativas 98. Crónicas de lucha: Nuestros cuerpos, nuestros derechos

 


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