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La zurda de Dios 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

La zurda de Dios

Por Ruy Muñoz   19/06/18

Minuto seis del segundo tiempo. Diego Maradona recibió el balón a tres cuartos de cancha. Se quitó con facilidad a tres defensas y pasó el balón hacia Jorge Valdano, quien tras una recepción errónea levantó el balón para que Steve Hodge, defensor inglés, lo enviara de regreso a centro del área. Ahí Diego y el arquero Peter Shilton –algunos centímetros más altos- disputaron el balón, ambos con las manos. Es el encuentro entre Inglaterra y Argentina, en el Mundial de México 86.

La rivalidad futbolística entre Argentina e Inglaterra se remonta al mundial de Inglaterra 1966, donde tras un encuentro de mucho roce físico, el equipo de la rosa eliminó a Argentina por la mínima diferencia. Para el mundial del ‘86, Argentina llegaba con el ánimo roto. La guerra de las Islas Malvinas había humillado públicamente al país sudamericano, que trataba de recuperar la soberanía sobre las islas que, según argumentan, les pertenecen.

La tensión en América del Sur había crecido como espuma en años anteriores. En Argentina, el gobierno que sucedió a la dictadura de Videla y la junta militar, veía en las Islas Malvinas una forma de recuperar con argumentos nacionalistas la confianza del pueblo. Fue así que el 2 de abril de 1982 desembarcaron en Malvinas las tropas argentinas que iniciarían un conflicto bélico. La ocupación fue breve; Argentina perdió la guerra, las Islas y la vida de muchos jóvenes.

Para los argentinos sólo había una forma de levantar la moral. Un país tan pobre que su exportación más importante eran los futbolistas, tenía que levantar la copa otra vez, y en el camino volvían a encontrarse con su enemigo en el campo de batalla. Las selecciones de dos naciones que se disputaron a balazos un archipiélago, ahora pelearían una pelota de cuero en el Estadio Azteca.

Maradona llegaba a este mundial mermado. Había pasado meses fuera de las canchas por la famosa lesión de tobillo provocada por Goikoetxea, y sintiéndose traicionado por la directiva del Barcelona —ciudad donde tuvo sus primeros contactos con la droga— abandonó Cataluña para recalcar en otra ciudad mediterránea.

Argentina comenzó el partido de manera fulgurante, pero los ingleses poco a poco se nivelaron. Las ocasiones de gol se habían reducido al finalizar la primera parte. Todos los asistentes esperaban la magia del nacido en Lanús quien, dada su caprichosa calidad de genio, se había guardado los primeros 45 minutos para cambiar la historia de este deporte en la segunda mitad. Entonces, en el minuto seis, el show comenzó.

Cuando el arquero inglés aún miraba el balón rogándole detenerse, Maradona ya se levantaba para correr hacia la línea de banda a festejar. Llamaba a sus compañeros para celebrar lo que flagrantemente era un gol con la mano. La treta no sería creíble si sólo la actuaba él. Sorprendidos ante la quietud del abanderado, los argentinos acompañaron a su líder. Los ingleses perseguían incrédulos al árbitro central, que buscaba con la mirada las respuestas en su compañero. No había más que decir, el estadio entero había sido cómplice de Maradona. A Diego le bastaba un pase decente para convertirlo en una genialidad, y había embaucado a los ingleses en su propio juego.

Cuando le preguntaron a Maradona sobre el gol más polémico del mundial del '86, él se limitó a responder «fue la mano de Dios», bautizando la trampa como una hazaña más del mago del futbol. Al entonces vengador albiazul no le bastó el cinismo; minutos después desdibujó el esquema rival y a gran velocidad anotó el Gol del Siglo ante el asombro de todo el planeta. A pesar de lo que decían los titulares, el Pelusa nunca se disculpó, pero algunas décadas más tarde admitió sonriente que había empujado el balón con la mano. Nadie puede negar el talento de Maradona, como tampoco se puede negar que era un jugador problemático. Mientras desafiaba rivales en la cancha con el balón pegado a los pies, fuera de ella desafiaba directivos con sus palabras. Su vida era un tango que no tenía reparo en mostrar públicamente. Desnudó la injusticia con la que se trataba a los jugadores, y los medios adoraban que les diera titulares.

Hostigado por la prensa y por los hinchas, la fama comenzó a pasarle factura. Sus críticas a la FIFA le consiguieron más enemigos y poco a poco su llama comenzó a apagarse. Los escándalos con las drogas y el antidoping se volvieron más frecuentes que sus goles y sus genialidades. Fue juzgado duramente por un vicio que arrastró hasta después de retirarse. «Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella», dijo Eduardo Galeano.

El personaje en el que Maradona se convirtió le ha pesado hasta la actualidad. Con el Ché Guevara tatuado en el brazo, Diego nunca se limitó para hablar de política. Anotaba con la izquierda en el campo, y de la izquierda son sus batallas en la vida pública. El regordete ídolo de masas, que manejó un Ferrari en Italia, defiende la causa bolivariana en redes sociales. También se fotografía con líderes políticos y lanza consignas sin reserva. Como pocos, demostró que las riñas de los debates políticos podrían tener eco en la cancha.

El Dios del futbol mundial, el 10 que al tocar el balón nos hizo soñar con que este juego puede llegar a ser algo más que mero entretenimiento, salió del campo de la mano de una enfermera al finalizar el encuentro contra Nigeria, en el mundial de Estados Unidos 94, para realizarle una prueba de antidoping: un espectáculo hollywoodense montado por la FIFA que nunca se ha repetido. El antidoping dio positivo por efedrina, además de otros medicamentos prohibidos en las justas internacionales. «Me cortaron las piernas», declaró el astro. El Dios Maradona había muerto, y lo había asesinado Diego. ❦

Texto publicado originalmente en Revista Cultural Alternatvas no. 95. La zurda de Dios. 


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