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Destrezas leonesas. La mano sagrada de Juan Nepomuceno Herrera 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

Destrezas leonesas. La mano sagrada de Juan Nepomuceno Herrera

Por Víctor Hermosillo    19/06/18

Ciudadano y creador decimonónico leonés, el pintor Juan Nepomuceno Herrera y Romero (1818-1878), fue un maestro del retrato que supo registrar con trazos precisos, exquisitos y refinados, los gestos de una era, en una sociedad en la que solo cuatro de cada diez habitantes sabían leer y escribir.

Dueño de un ojo clínico y una mano inteligente, supo plasmar con escrúpulo y fidelidad los rasgos distintivos de las caras y los cuerpos de una población leonesa de mediados del siglo 19, que buscaba trascender su tiempo y su espacio a través de sus personalidades vertidas sobre el óleo.

Sus piezas evidenciaban una intensa búsqueda de la expresión psicológica en el rostro y reflejaban un amplio dominio tanto de la luz, así como de la anatomía, por lo que ganó especial reconocimiento en la villa de León y la región Bajío; particularmente entre los circuitos clericales y la naciente élite aristócrata de la época, debido al esplendor que su obra proyectaba.

Avecindado en el corazón de la villa, fiel a su terruño provinciano, transitó las pacíficas calles del hoy Centro Histórico: la Honda, la Real de Lagos, la de Juego de Barras, la de Plaza de Gallos, la de Los Pachecos; sus pies y su mirada apuntaban hacia donde se le solicitara para realizar el cometido del retrato: así al Palacio Episcopal, a la Catedral, a los Templos de Nuestra Señora de los Ángeles, al de la Paz, a la finca de la Condesa de Jalpa y también a la finca de su siempre compadre Domínguez.

Nuestro artista, hijo venturoso de su tiempo, dio cuenta mediante su obra de la fisonomía de los pobladores de León. Era preciso atender las demandas de su clientela que más le exigía, había que inmortalizar a Don Mariano Acebedo, a Sr. Obispo Don Pablo Torres y Vidal, a Don Ramón Ceballos y Monterde, o a la señorita Guadalupe Arizmendi y Herrera.

Juan N. Herrera satisfacía así, la necesidad específica de quienes comisionaban sus labores: el ánimo de verse representados con realismo, la voluntad de perpetuar su identidad y el ardiente deseo de afirmarse ante sí mismos y ante los demás.

Además de ser un pintor excepcional, Herrera fue un supremo dibujante, su dominio en dicho campo es incuestionable. Es difícil aún determinar si su virtuosismo y soltura en el manejo de la línea fue resultado de una formación académica concreta.

Estudiosos de su trayectoria, sostienen varias líneas hipotéticas que aseguran que se habría instruido en San Carlos (Ciudad de México), matriculado en la Academia de Bellas Artes (Guadalajara) o bien, en el Colegio de la Purísima Concepción (Guanajuato); sin embargo a la fecha no se cuenta con registros fidedignos que validen dichas argumentaciones. Por otra parte hay quienes resuelven que el pintor pudo haber sido un autodidacta, que se habría mantenido al margen de las convenciones pictóricas de la Academia en búsqueda de labrar un estilo propio y definido.

DESTREZA PERPETUA

En el marco del bicentenario de su nacimiento el día 26 de mayo, se expone en el Museo de las Identidades Leonesas una colección de piezas que el artista realizó bajo la técnica del dibujo.

La muestra despliega un conjunto de bocetos emanados del genio de Herrera. Representaciones cuyas temáticas no son sino conjuntos armónicos y delicados de líneas que evocan personajes y situaciones propios de un entorno no terrestre, sino de un ámbito divino, casi celestial.

Algunos de estos bocetos, se sabe, sirvieron como fases previas para realizarlos al óleo y tal vez pudieron haber sido estampa religiosa, otros tantos como una serie de ejecuciones para fases de instrucción, exploratorias o etapas descriptivas, el resto tal vez simplemente como ejercicios de perfeccionamiento, recreación e incluso para deleite del propio autor.

DIBUJAR NOS HUMANIZA, ANTES QUE UNA SIMPLE REPRESENTACIÓN, EL DIBUJO ES MOVIMIENTO.

EL DIBUJO COMO PARTEAGUAS DE UNA ÉPOCA

Dibujar nos humaniza, antes que una simple representación, el dibujo es movimiento. Es intención primaria volcar sobre un soporte un primer pensamiento. Se trata de un acto creador, que implica profundos niveles de percepción y concentración de parte de quien lo ejecuta. Al dibujar, emulamos la realidad o creamos una alterna y gracias a ello nos volvemos más humanos.

Desde finales del siglo XVIII, bajo la luz de la educación positivista tanto en Europa como en México, se consideró que la enseñanza y divulgación del dibujo era necesaria para el óptimo desempeño de cualquier actividad. Ya fuera que el educando se interesara por la medicina, las artes, las leyes o la artesanía, lo transcendental era que, mediante el dibujo, se expresaba el gusto por la belleza, el cual llevaría al alumno a perseguir grandes ideales como la verdad y la bondad.

Revoluciones como la industrial y la francesa, transformaron profundamente la civilización occidental, generando cambios al interior de los procesos educativos, uno de ellos fue el positivismo.

Bajo esta filosofía, en la cual la ciencia ocupaba un lugar primordial, el dibujo se posicionó como una excelente herramienta para entender, representar y comunicar la realidad, y se le fue considerando como piedra de toque de las artes y las industrias.

En México su enseñanza fue aplicada, no solo en circuitos artísticos, sino en diferentes ambientes productivos, entre organizaciones gremiales, de artesanos, obreros, técnicos y para la gran mayoría de los oficios decimonónicos. Además se inició un proceso de popularización del dibujo en amplios sectores de la población, la proliferación de su enseñanza fue mucho más allá que solo formar artistas, gozó de amplia aceptación en distintos estratos sociales, las clases con maestros particulares fueron la clave para acelerar los aprendizajes.

HERRERA, RETRATISTA DE LO SAGRADO

El dibujo al ser registro, es también reflejo de una sociedad en sus diferentes momentos históricos. Gracias a este conjunto de testimonios gráficos, todos podemos hoy, un siglo y medio después, informarnos de algunos de los lugares en donde Herrera posaba su mirada: ángeles, beatos, vírgenes, querubines, patriarcas, redentores.

Esta prolífica obra de íconos y retratos poderosos, que saturaban el imaginario colectivo de una población piadosa envuelta confiadamente en una devoción religiosa que impregnaba gran parte de la atmósfera de aquella villa de León del siglo XIX.

Alegorías todas ellas, de factura afable y benigna, propias de una estética basada en la limpieza y la gracia, buscando tener salida en alguna estampa o en óleo, cuyo propósito serviría ya fuera para favorecer el ritual de invocar socorro y aliviar las aflicciones, los temores y angustias espirituales; o bien para promover la ceremonia de agradecimiento por todas las venturanzas recibidas.

El artista hacedor de imágenes proporcionaba a la población soportes simbólicos para facilitar su encuentro con lo divino; de esta manera la imagen religiosa fungió como propaganda cristiana, un medio eficaz para otorgar seguridad, alivio y ayuda a la gente ante las tribulaciones propias de la existencia humana sobre la tierra.

Los dibujos de Herrera son vestigios inmortales que dan cuenta de la configuración de la identidad social, de una manera de ser en una época determinada, con ello el artista realizó una completa crónica visual de los sectores que ostentaban el poder: el clero y la burguesía emergente, de sus diarios rituales, sus ceremonias, sus maneras peculiares de verse a sí mismos y de las formas específicas en que pretendían que se les reconociera. ❦

Texto publicado originalmente en la Revista Cultural Alternativas 95. DESTREZAS LEONESAS La mano sagrada de Juan Nepomuceno Herrera  


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