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Rollos Velados: Juego de comparaciones: libros vs series 

León, Guanajuato

Cine y Escénicas

Rollos Velados: Juego de comparaciones: libros vs series

Por Andrés Baldíos   15/05/18

Desde la existencia de la adaptación cinematográfica, las comparaciones se han vuelto una exasperante guerrilla entre literatos y cinéfilos, casi nunca logrando corresponder a un justo y reflexivo equilibrio. Forzadamente existen dos bandos, haciendo de lado un par de palabras clave en la disposición cognitiva del arte narrativo: adaptación y complementación.

Game of Thrones ha sido, desde luego, blanco fácil y favorito de estas tendencias. Una de las series más aclamadas de los últimos tiempos, se trata de una festividad audiovisual, cuya narrativa es tan absorbente como el contenido de un clásico literario. Leyeron bien.

La literatura en sus guiones adaptados cumple tal grado de calidad que no es difícil atrapar a cualquier espectador, sea o no aficionado a las sagas medievales.

Game of Thrones ha trascendido en su género, resultando en un drama épico de impecable estructura que, si bien es reconocido por sus brillantes efectos especiales, es profundamente apreciable por los múltiples conflictos universales (familiares, sociales y políticos) que plantean sus circunstancias y personajes, así como los detalles de vidas y costumbres de un mundo antiguo, todo esto fundamental para su ascenso en la cultura moderna. Y como toda serie que se respete, no está exenta de sus debidas controversias, que sólo suman puntos a su calidad narrativa.

Tomemos una escena: la Boda Roja, uno de los momentos más crueles en la historia de la televisión. Es sin duda un momento clave del libro, pero su crueldad se presenta a través de cierta particularidad que sólo la narrativa literaria puede desplegar con debida fluidez: la escena es narrada por la propia Catelyn Stark, quien nos cuenta desde el cataclismo de la pérdida personal el cómo le arrebatan a su hijo mayor, así como describe el resto de los masacrados, quienes resultan ser personajes de suma importancia para el orden de la trama. En la serie evitan estos nombres no por restarles diferencia, sino porque no congenian con el sentido visual que se requiere en los caminos de nuestros protagonistas. Catelyn no narra la escena, no hay voces en off que intercedan nuestros sentimientos y, por tanto, cada uno vive su propio desgarramiento. Catelyn forma parte de la multitud protagónica, mezclada entre las víctimas más importantes, equilibrando su pérdida al grado de ser la última en morir, después de que la música dramática termina y antes de que los títulos finales aparezcan en total silencio, guardando luto al horror que acabamos de vivir. En el libro, el dramatismo es elevado por nuestra imaginación, en la serie es elevado por el trabajo en equipo que conforma una producción audiovisual. No hay sacrilegio alguno y ambos casos lucen magníficos tanto en papel como en pantalla.

Pocas afirmaciones son tan ilógicas como «el libro estaba mejor». La posible conversación se corta de tajo, como la cabeza de un Stark, y no hay más de qué hablar, como si el terreno audiovisual fuese nada más que la superflua manifestación de inquietudes, a menos que se trate de un trabajo estrictamente original, sin antecedente literario. Pues informamos a estos pendencieros: el guion es antecedente literario por sí solo. La adaptación literaria a la pantalla no es nunca un simple traslado exacto. De requerir adaptaciones exactas, cada metáfora descrita en papel sería tan explícita que el objeto literario quedaría cercado por estas superficiales interpretaciones. Me imagino que esto se sabe de sobra. Pero de ser así, ¿por qué la insatisfacción de los lectores estalla en fuertes rechazos al mundo audiovisual?

Las adaptaciones podrían interpretarse como una visión impuesta al fenómeno colectivo de la intimidad; esto es: la visión de un director o de un grupo de productores, manifestada en la realización de una versión definitiva para una cultura consumista, se transforma en la única versión posible, por tanto, ya no somos capaces de imaginar nuestro propio contenido sin tener que pensar en aquel que la televisión nos ha impuesto. Visto de esta forma, las producciones audiovisuales parecerían más una dictadura cultural que proveedores de entretenimiento. No creo que vaya por ahí.

Nuestro sentido de lógica se deriva por lo inmediato, la incomodidad instantánea que ofusca nuestras posibilidades. Si olvidáramos la absurda riña entre fidelidad y adaptación y, para fortuna de nuestro saber, contempláramos el medio audiovisual como un complemento y no una competencia de la escritura, el cerco de nuestra apreciación sería prácticamente nulo.

Empecemos desde ahí, la apertura apremia, tanto serie como libro son tan legítimas como un par de piezas de entretenimiento cultural y tan complejas como un gran y grato aporte a la humanidad. 

Texto publicado originalmente en la Revista Cultural Alternativas 94. Rollos Velados: Juego de comparaciones: libros vs series


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