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Nuestra región más salvaje 

León, Guanajuato

Cine y Escénicas

Nuestra región más salvaje

Por Andrés Baldíos   23/03/18

Amat Escalante volvió a hacerlo. Dio a su audiencia retortijones de estómago, sensaciones incómodas, náuseas, fatiga, violencia y horror, razones suficientes para abandonar la sala. Espero no ser el único que agradece eso profundamente, pues yo me mantuve hasta el final de los créditos de cierre y celebré en silencio el esfuerzo de los participantes que forjaron tan excepcional pesadilla

La región salvaje es de ese tipo de cintas que la gente no pide ni quiere ver en absoluto, pero que requiere en el catálogo de la vida. Para ser más preciso, es una cinta que México no pedía ni quería en su repertorio cultural, pero necesitaba urgentemente.

Con Heli, su trabajo anterior, Escalante se enfrentó al cuestionamiento de si su trabajo es arte o traición a la patria, con esta nueva cinta podríamos cuestionarle, bajo la misma línea halagadora: ¿su película es arte o un ataque a la intimidad? Como con sus trabajos anteriores, podemos afirmar con total certeza que se trata de ambas cuestiones. Este ataque a la intimidad mantiene la sutileza de sus otros filmes, ya sea con la limpidez de una fotografía atinadísima a cada circunstancia o el desconcertante cuidado a los detalles.

He dicho ‘sutileza’, palabra que se adapta a la estética de Escalante, sin sorpresa y sin escándalos: vemos violencia extrema, pero la dirección ambiental transforma un momento incómodo en un retrato inquietantemente exacto de nuestras más penosas realidades; encontramos sexo explícito, pero sin las repercusiones simplistas de, quizás, algún video pornográfico; seguimos movimientos de cámara que, en lugar de hacernos comentar la técnica, nos envuelve en una ambientación que se aferra a nuestros muslos y nos restriega una crítica social al tiempo que ofrece un cuento sobrenatural.

Esta sensibilidad para retratar de la manera más accesible los temas tan viscerales que aborda la película, alcanza su punto más alto en la representación de los impulsos más primarios de la humanidad: el miedo y el deseo; los cuales son complementos del éxtasis de ensueño que busca la miseria de la existencia. La bestia protagónica satisface ambas necesidades al conceder a la mujer exactamente lo que el hombre no puede concederle: caricia absoluta, apreciación del cuerpo entero, consumación de una entrega definitiva y no la descarada penetración con inicio efervescente y final indiferente. Con tantos pesos sobre sus posibilidades de obtener seguidores, la cinta no flanquea en la estructura de sus impecables disgustos.

Las actuaciones, pese a lo que digan por ahí, resultan de las más honestas y exactas que se han visto en el cine mexicano. Escalante sabe extraer perfectamente la naturalidad de sus actores. Tanto aquí como en anteriores trabajos, las gesticulaciones de sus personajes retratan los rostros más apegados a nuestra urbanidad: dubitativos, lánguidos, monótonos, en ocasiones tartamudos y casi siempre consternados, como si olvidaran sus líneas o trataran de mencionarlas tal cual exige el guión, son las muestras más reales que podemos hallar del comportamiento mexicano.

Es tiempo de reconocer a Escalante, no como el Haneke mexicano, sino como cineasta con términos propios, con un estilo particular y, en futuros bastante próximos para jóvenes cinéfilos y cineastas, como influencia principal en el panorama de nuestra contemporaneidad nacional.

Es curioso que la gente siempre busca películas groundbreaking cuando muchas de sus perspectivas y sensaciones viven de expectativas rígidas, sin apertura a dar bienvenida a cuanta historia se presente. Tal vez groundbreaking les signifique un ‘antes y después’ espectacular, un efectismo obvio que nos haga reaccionar con gestos que correspondan a una narrativa hecha, derecha y redonda. Contrario a esta zona de quisquilloso comfort, La región salvaje es todo lo groundbreaking que se espera de una novedad, ya sea en efectos especiales, planteamiento de problemáticas sociales, desarrollo de ambientes hostiles y fluidez escénica.

A ratos pareciera que estuviéramos frente a la versión cinematográfica de algún cuento de Bernardo Esquinca, en los tonos de Demonia, sobrenatural sin mayor explicación a su destreza narrativa. Esperemos que el Sr. Escalante continúe brindándonos más sutiles pesadillas, lejos de las verdaderas monsergas que dominan el mercado actual de nuestro cine.

Texto publicado en la Revista Cultural Alternativas. Nuestra región más salvaje.


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