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La forma del agua 

León, Guanajuato

Cine y Escénicas

La forma del agua

Por Juan Ramón Velázquez Mora   06/02/18

Para los que ya la vieron y por aquellos que están por verla, tenemos esta entrega de Juan Ramón Velázquez Mora sobre la multipremiada película del director mexicano, Guillermo del Toro. La favorita a los premios Oscar ha conseguido, más que premios, el afecto del público y de la industria fílmica. Sumérgete pues antes de que salga de cartelera. 

 

         Los temas universales son los más complicados de tratar. La clave, pienso, es volverlos personales, pero apenas unos pocos tienen éxito. La forma del agua se cuenta entre esos triunfos. La sensación que transmite es de sinceridad y fidelidad a la imaginación barroca de su autor. Las actuaciones son impresionantes; la fuerza clásica de sus imágenes y el laberinto de alegorías valen por cien franquicias de Disney.

 

          El amor en particular es difícil de abordar porque es distinto para todos, a pesar de ser nuestra causa común. Algunos lo experimentan sobre todo como dominación, otros como reconciliación, o sumisión, compañía, elíxir, redención, gatillo de la ira, sanación urgente, placer… Las distintas facetas de ser persona se relacionan de una forma u otra con el impulso ciego que nos tiene aquí, viviendo como si no hubiera mañana.

 

          La forma del agua transcurre en los días de la llamada "crisis cubana de los misiles". Entonces los conflictos entre naciones estuvieron a punto de cargarse la civilización a control remoto. Aquí seguimos, pero parece que no aprendemos a administrar un poder tan grande. El poder es una materia explosiva que debería reservarse para los mejores, pero cuya naturaleza atrae más bien a los peores. En esos días las tecnologías también comenzaron a permitirnos capacidades con las que antaño sólo se admitía soñar. Inconsecuencias luminosas nos han otorgado el don de la tele-visión, la tele-comunicación instantánea o la omnisciencia. Hace siglos los hechiceros trataban este tipo de dones con temor: sabían a lo que jugaban. Hoy volvemos a sentir que el apocalipsis está en el aire y todo pende de una psique colectiva cada vez más roída por la banalidad.

 

          Aquella época fue también el amanecer de la publicidad como gran moldeadora de nuestra realidad. En esto noto muchas cercanías con Mad Men, quizá sea el mejor serial televisivo de nuestro tiempo. Muchos recordamos el nihilismo cínico que movía en ocasiones a Don Draper. El ejecutivo publicitario anunciaba que lo que llamamos "amor" no existía, que lo habían inventado tipos como él para vender medias de nylon.  Siguiendo sus caminos atestados de billboards hemos llegado a un lugar donde todo es entendido en función del comercio. El tiempo, la propia dignidad humana, son ahora meros valores mercantiles. El poder y el dinero se han vuelto los amos; quienes se aventuran en su búsqueda están dispuestos a sacrificar por ello todo lo que los hace personas. La decencia, el honor o la lealtad son simples cifras negociables, como todo. Al ver La forma del agua sentí como si Del Toro estuviera ensayando una respuesta larga, un antídoto puro contra esa visión del mundo —que es la prevaleciente.

 

          Se nos ofrece una concepción del amor a profundidad; no la chatarra sentimental que nos empuja Hollywood como si fuera the real thing. Para mí el amor es, en su esencia inefable, algo como el anhelo del ser. Considero que si nos tomamos el trabajo de dejarlo actuar sin obstáculos seríamos más capaces de entendernos con los demás. Me parece una forma sabia de implicarse con la realidad. Atestigüemos la majestad de esta potencia, nada menos que un dios. Es algo por encima de cualquier voluntad humana. De hecho, se complace en ver cómo las intenciones de sus súbditos se tuercen, doblan o rompen por cumplir sus incesantes designios. Todo lo que vive está sometido a los alados caprichos de este vigor mudo. No sugiere, no pregunta, no quiere saber si nos gusta el final de su diseño; sólo nos arrastra en un vértigo supremo que sacude el equilibrio de historias e identidades. El amor se manifiesta en todo acto de creación. Ejemplos de esto son los ríos, los tallos de las rosas, la cerveza, las palabras o los ojos que se miran en otros ojos.

 

          Guillermo del Toro bordó una película madura con pericia de orfebre. Cada detalle de lo que vemos y escuchamos está bien cargado de significados. Pero el truco no está en creerse listo tratando de despejar sus incógnitas como si el arte fuera un acertijo lógico. Las peculiaridades del tejido son demasiadas y prefiero dejar su larga discusión para los ñoños de las eras. Dicho esto, anotaré que me parece un acierto la idea de darle hegemonía al verde Vertigo que Hitchcock nos legó a los mortales con su propia obra maestra del erotismo. Es evidente que Del Toro ronda siempre cerca de sus obsesiones, y que cada vez lo hace mejor.

 

          La victoria que representa esta obra no es únicamente la de su director, los actores y el ejército de colaboradores. También es un triunfo para el arte, el cine y —sobre todo— el poder generador de la imaginación, cuyos frutos son vitales cuando necesitamos construir un mundo menos sembrado de injusticia y muerte.

 

 

 


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