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El sueño es una segunda vida 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

El sueño es una segunda vida

Por Juan Ramón Velázquez Mora    19/12/17

Los sueños han ido perdiendo importancia pública; la ensoñación sufre un desprestigio generalizado, pero no podemos negar que el sueño es una segunda vida, como lo afirmó alguna vez el poeta Gérard de Nerval. Inspirados por la rebelión nihilista de Dadá, los primeros surrealistas encontraron en el sueño un portal que les permitía trasladar la belleza a un mundo regido por la razón. 

 

«This life's dim windows of the soul Distorts the heavens from pole to pole And leads you to believe a lie When you see with, not through, the eye» William Blake

 

Gerard de Nerval afirmó con acostumbrada lucidez que el sueño es una segunda vida. Por razones que no alcanzamos a comprender aún, todas las noches nos sumergimos en un mundo distinto que sepulta el despertar. Bajo el velo del olvido se oculta un misterio tremendo que a veces nos deja ver sus luces. Las máscaras de rostros familiares ocultan presencias inquietantes. Algo nos provoca episodios que parecen expresarse a través de símbolos y tangentes.

La importancia de esta dualidad en el centro de la vida humana no ha pasado desapercibida para las distintas civilizaciones que poblaron la tierra. Sin embargo, desde que el rumor de las máquinas y las cabezas guillotinadas anunciaron a la razón como soberana, los sueños han ido perdiendo importancia pública. Ahora la ensoñación sufre un desprestigio generalizado. Lo que alguna vez gozó el privilegio de ser el servicio postal de los dioses y espacio de tránsito hacia otras realidades, ahora sólo es —nos dicen— un mero collage de imágenes desperdigadas que nos fue dejando el día, unidas por el azar. Aquella segunda vida del alma ha sido relegada a ser una forma de confusión inexplicable dentro de un mundo que suponemos ordenado y con límites.

Después de la Primera Guerra Mundial, la civilización de occidente se enfrentaba a la crisis que provocaron los efectos de la industrialización en el oficio de la muerte. Para las mentes sensibles, el sueño ofreció refugio contra una vigilia que se había transformado en el infierno. Si las condiciones del mundo nos dirigen hacia un espectáculo multitudinario de horror y destrucción, la segunda vida del sueño esconde siempre la gema redentora. Es en este caldo donde se formó lo que ahora conocemos como Surrealismo.

Es imposible reducir el papel que los descubrimientos de Sigmund Freud tuvieron en el movimiento tal y como ha llegado a nosotros desde su primer manifiesto en 1924. En la comodidad de un despacho vienés, el sabio abrió una puerta que había estado descuidada durante largo tiempo. Se diga o no, una de las condiciones para brindarle a la razón los privilegios que le brindamos es suponer que nuestra voluntad actúa con independencia individual. Esto es una mentira. Todas las horas de nuestra existencia estamos sometidos a influjos subterráneos que no pocas veces confundimos con el destino. El surrealismo tuvo la claridad no sólo de admitir, sino de estimular esos influjos.

De todas maneras, las nociones que Freud tradujo al lenguaje positivista del siglo XIX ya habían sido conocidas y exploradas durante siglos.  Para la religión y las ciencias ocultas, los términos del psicoanálisis suenan pobres en comparación con sus dioses, rituales y sortilegios. Freud dijo, por ejemplo, que los sueños son “el Camino Real al Inconsciente”. “Inconsciente” es una palabra moderna diseñada para nombrar lugares que los antiguos llamaban “Hades”, “Espíritu” o “Dios”. Todos los grandes hechiceros y profetas han conocido esas regiones. El surrealismo tiene conexiones con diversas doctrinas herméticas como el Tarot o el gnosticismo —que proponía (en palabras de René Guénon) un estado del espíritu que sólo podría definirse como una forma de Conocimiento puro, sin intermediarios: tal como sucede en sueños.

Los poderes de visión que confiere la integración del sueño en una amalgama única con la vigilia tampoco habían pasado desapercibidos para otros grupos de artistas. En la alborada de la Era de la Razón, los alemanes y los ingleses habían gritado los peligros de cargar demasiado la balanza hacia Apolo. La imaginación romántica también pretendía difuminar los límites entre el sueño y la vida, la mirada y las cosas. Coleridge compuso o recibió uno de los sueños más famosos de la literatura; Wordsworth veía a los narcisos como hábiles danzantes que proyectaban “su resplandor en ese ojo interior / que es la bendición de la soledad”; William Blake no veía al sol como una cegadora bola incandescente, sino como “una innumerable compañía de la hueste celestial gritando «Santo, santo, santo es Dios Todopoderoso»".

No era sólo refugio lo que buscaban personas como André Bretón y quienes se agruparon en torno a él (Éluard, Aragon, Ernst, Buñuel, Tanguy, Magritte, Man Ray,  etcétera). Inspirados por la rebelión nihilista de Dadá pero llevándola a zonas más fecundas, los primeros surrealistas propusieron ante todo una revolución moral con la imaginación y la libertad por delante. El propósito era inocular de belleza a la realidad brutal en que había desembocado el desenfreno de la razón y su tecnología ciega. Buscaban —a través del "automatismo psíquico puro"— transformar la existencia desde la raíz, permitiendo al influjo de lo irracional mezclarse estrechamente con el acontecer. Los límites, para el surrealismo, son artificios construidos para darnos la sensación de orden, tan falsa como el valor del dinero o la autoridad de los policías. La naturaleza (y en esto siempre hay que incluir a la psique del animal humano) no tiene fronteras definidas; todo es un fluido en perpetua continuidad, que se comunica, siente y vive a través de todas sus partes. Es probable que este cosmos, tan seguro de sí, no sea más que un engendro nacido entre los gritos proferidos por las peores pesadillas de un demiurgo lunático.

Como en un episodio nocturno, donde los escenarios y las personas mutan sin sobresaltos, el surrealismo quiere que los sueños y la vida se mezclen sin discernimiento, provocando la sensación de un transitar constante entre los mundos, un caminar por el lugar donde se besan las orillas.

Puede inferirse ya que la gran atracción ejercida por el surrealismo después de casi cien años de concebido no se explica sólo por los cuadros repartidos en galerías y museos; ni siquiera por las películas, poemas, ensayos, antologías y manifiestos que siguen corrompiendo las mentes juveniles. La atracción abismal que insinúa la revolución surrealista continúa siendo una corriente artística, pero no solamente. Su vigencia, en mi opinión, se debe a que es menos una estética que una forma de vivir. Es rebelión fija contra la injusticia, el embrutecimiento, el aislamiento, el materialismo, la guerra y todos los mecanismos, secretos o no tanto, que le impiden al hombre cumplir su plenitud. A todo eso el surrealismo opone la pasión, el amor loco, la belleza, el instinto, la gnosis, la poesía, lo trascendente, el delirio, la noche, el misterio: todo lo peligroso, lo opaco, lo que se nos lleva más allá de nosotros mismos. En una palabra: el soñar. 

 


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