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Hechos de la misma sustancia que el sueño 

León, Guanajuato

Cultura, Identidad y Patrimonio

Hechos de la misma sustancia que el sueño

Por Karla Gasca   14/12/17

“Estamos hechos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños”, dice Próspero, el hechicero, en el cuarto acto de “La Tempestad” de Shakespeare; develando de forma poética la estrecha relación entre el sueño y el mundo, pero ¿realmente estamos hechos de la misma materia que el sueño?

Desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres se han entregado a resolver los enigmas del sueño. Entre el ir y venir hemos olvidado la importancia de los sueños y su capacidad para revelar aspectos ocultos de nuestra psique que bien nos pueden ayudar a desentrañar nudos de nuestro pasado o incógnitas del presente. Los griegos y egipcios frecuentaban el templo de Serapis, patrón de Alejandría y dios de la curación, con el propósito de interpretar sus sueños. Los devotos visitaban los oráculos y se entregaban a los sacerdotes, quienes tenían el poder de descifrar si su sueño era un buen o mal augurio. Decisiones públicas relevantes se tomaban atendiendo a los oráculos. Hipnos, otro dios griego, se encargaba de inspirar a los hombres mientras dormían. Sus hijos: Morfeo, Fobétor y Fantaso, aparecían en los sueños de los reyes.

Por suerte, los sueños no son exclusivos de gobernantes y en nosotros reside la importancia que queramos otorgarles. Aunque es poco probable (no imposible) que un sueño nos revele la ubicación de algún tesoro, o el rostro del amor de nuestra vida, sí descubren deseos y otras manifestaciones del inconsciente que muy posiblemente estemos reprimiendo en nuestra vida consciente, como defendió Freud en su ‘Interpretación de los Sueños’.

Los sueños también sirven de inspiración para el arte. El poeta inglés William Taylor Coleridge soñó el célebre poema Kubla Khan mientras descansaba en una granja y tomaba láudano para conciliar el sueño. Según su testimonio, los versos le fueron dictados directamente, siendo anotados de inmediato al despertar.

Otra de sus funciones tradicionales es el viaje a la tierra de los muertos. Los ejemplos sobran en la literatura, que está poblada de viajes al inframundo. Orfeo, Odiseo, Dante, Nerval… Todos supieron, gracias al sueño, que la muerte no es necesariamente el fin o, por lo menos, que nadie puede estar seguro de nada sobre ella.

En más de una ocasión he soñado con mi padre y con mis abuelos. Recuerdo con claridad uno de esos sueños. Me encontraba en una habitación desconocida donde había un teléfono de rueda, el viejo teléfono verde limón que teníamos en casa cuando era niña. El aparato comenzó a sonar y contesté como un acto reflejo. Del otro lado escuché la voz de mi padre, pero el ruido cortó la comunicación. Aún sigo esperando a que se repita esa llamada.

Sean mensajes divinos, ímpetus aleatorios, viajes al inframundo o nuestra materia constituyente, los sueños son una parte de la vida que no debemos ignorar. Hacerlo conduce a la fragmentación de lo que somos, privándonos de la posibilidad de ver más allá de lo evidente.

 


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