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Las dos caras de la fatalidad 

León, Guanajuato

Cine y Escénicas

Las dos caras de la fatalidad

Por Juan Ramón Velázquez Mora    28/03/17

Las mujeres fatales en estado puro cultivan las características propias de un cadáver. En esta ocasión, Juan Ramón Velázquez Mora nos comparte su peculiar visión sobre la figura de la femme fatale en películas como Vertigo (Hitchcock, 1958) y Lost Highway (Lynch, 1997) ¿En qué reside su misterio, esa atracción fatal que obliga a los hombres a clavar la mirada en el vacío? 

 

La figura de la femme fatale existe desde que el mundo es mundo. Sólo hace falta vivir un poco para entender que la belleza y el amor tienen un vínculo indestructible con la muerte  y la locura.

Los utensilios principales de este arquetipo son siempre la seducción y la crueldad. Son los mismos del cine, por lo que no es de extrañarse que este personaje sea el punto focal de muchas películas importantes. En el centro de muchas de ellas, como en el centro de tantas vidas, hay una mujer hermosa; una visión del paraíso que promete todas las aventuras y todos los tesoros. Pero detrás de las pestañas, las piernas y los labios carmesí se agazapa un monstruo.

Las mujeres fatales en estado puro cultivan las características propias de un cadáver como si se tratara de un jardín. La frialdad y la lejanía irresolubles sólo incrementan la sed de la víctima por saciar su deseo. Unas gotas de indefensión simulada y victimismo terminan de coronar la trampa que conducirá hacia la obsesión y la ruina.

Vertigo (Hitchcock, 1958) y Lost Highway (Lynch, 1997), ambas obras maestras,  están separadas por décadas de distancia pero están unidas por la comprensión profunda de la seducción y la fatalidad. Las similitudes saltan a la vista. En primer lugar está la estructura en forma de espejo —que es, creo, la forma ideal de representar este universo particular en una pantalla. Ambas son dos películas en una, y en cada uno de los lados la mujer fatal es un reverso siniestro de sí misma. Kim Novac en Vértigo (bendita sea) es primero Madeleine, una rubia divina  con acento transatlántico envuelta en una obsesión arcana. Después se convierte en Judy: empleada de una tienda que emigró de Kansas a San Francisco. La ropa, el cabello, los modales, todo en ella es como un negativo de Madeleine. En Lost Highway, Patricia Arquette juega el doble papel de Renée y Alice. Renée es una distante mujer de pelo oscuro que parece tenerle lástima a su esposo, con un tufo europeizante en su apariencia. La Alicia del otro lado del espejo es una rubia con mirada de basilisco que parece extraída de un poster pin-up y parece estar muy apasionada por el protagonista —quien también ha sufrido su respectiva transfiguración.

Es como si el desdoblamiento de las personalidades en este par de cintas fuera un juego de sombras que nos revela el mensaje central de la mujer fatal: nada es lo que parece. Éste es también el mensaje del cine como actividad; un híbrido entre arte e industria que ha poseído nuestros sueños y fantasías durante el último siglo, moldeándolos a su imagen y semejanza, haciéndonos confundir la vida con sus apariencias. Al final de este sendero, si no se tiene cuidado, sólo se encuentra el vacío de la desesperación y la miseria moral.

El canto de la sirena está retratado de forma inmejorable en ambas películas. En Vertigo, nuestro protagonista espía por primera vez a Madeleine en un restaurante donde todo mundo viste de negro, gris y azul… excepto Ella, que avanza como un buque de fuego en el casco antártico, imponiendo el dominio irrefutable de su perfil ante los ojos ya enloquecidos de Scottie. En Lost Highway, la versión de Lou Reed de "This Magic Moment" le da al encuentro entre Alice y Pete un ritmo de danza macabra que anticipa lo peor para el que sepa verlo. Lo que conocemos como "amor a primera vista" no es más que una materialización instantánea de las fantasías, un resquicio de realidad que se cuela en nuestras ilusiones. Como todo lo instantáneo, tiene que ser de baja calidad.

Los protagonistas del film noir (hábitat por excelencia del espécimen que nos ocupa) son detectives endurecidos, dedicados de modo profesional a la suspicacia y la paranoia. Son personajes que tienen por oficio no ser ingenuos, ver a través de las mentiras. Esto sólo hace más profunda la tragedia cuando muerden el anzuelo. Pareciera que ante una artificialidad tan flagrante lo que triunfa no es la inocencia del cazado, sino su potente voluntad de autodestrucción, consumada en forma de destino. Dicen los que saben que confundir los sueños y la realidad es un síntoma de locura. Y lo que está en el fondo del anhelo por la mujer fatal no es más otra cosa que el deseo irrefrenable de morir.

 

 

 


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